Imaginate esta situación.
Una niña está en el salón de clase. La docente explica la actividad que deben realizar.
La niña pregunta “nuevamente”:
—¿Qué hay que hacer?
La docente vuelve “nuevamente” a explicarle.
Entonces, la niña, con un gesto de desagrado, le muestra el dedo del medio.
La docente levanta la voz y responde con firmeza:
—¡Sos una atrevida!
La niña pide perdón.
Pero la docente le responde:
—No te perdono. No quiero perdonarte. Estoy cansada de tu falta de respeto.
La niña intenta acercarse, busca abrazarla, le sonríe, como si no hubiera pasado nada. Insiste en conseguir la aceptación del docente. Finalmente, no encuentra aprobación y termina diciendo que la docente la está tratando mal.
Y acá quiero detenerme.
Porque frente a esta situación seguramente aparezcan muchas opiniones.
Algunos dirán que la niña fue irrespetuosa.
Otros dirán que la docente no puede reaccionar así.
Algunos responsabilizarán a la familia de falta de límites y valores.
Otros, a la escuela que no hace nada.
Y probablemente todos encontremos argumentos para defender nuestra posición.
Pero mientras discutimos quién tiene la culpa, y quien tiene la razón, hay algo que puede estar quedando sin resolver.
¿Qué necesitan aprender ambas partes involucradas en un vínculo social ?
Que “el otro” refleja una debilidad que yo necesito fortalecer en mi.
Que mis actos tienen consecuencia, y no se trata de sentirme culpable, sino responsable de mejorar mis decisiones y mis respuestas.
Nuevas herramientas para expresar con derecho mi desagrado pero sin agredir al otro.
Nuevas herramientas para poner límites seguros, sin miedo y sin depender de la opinión del otro.
Pedir perdón es importante, y el otro tiene derecho a no perdonar.
Pedir perdón es importante, pero no justifica ni disuelve lo ocurrido.
Dejar de esperar que “el OTRO” cambie. mejore, o haga algo diferente, para que me sea más fácil vivir mi vida.
En un vínculo entre 2 personas, no solamente se trata del “otro”, también se trata de MI:
Educar no es solamente señalar lo que está mal.
Tampoco es justificar cualquier conducta porque el niño es pequeño y todavía “está aprendiendo”.
Y mucho menos entrar en una lucha para demostrar quién tiene razón.
Educar es enseñar y aprender al mismo tiempo para el niño y el adulto, es reconocer que un conflicto siempre habla de algo no resuelto en mi, es descubrir el daño interno que necesito sanar, un encontrar una nueva estrategia para elegir diferente la próxima vez.
Pero primero tengo que aceptar que no se trata solamente del “otro” sino también de mi…
En casa, muchas veces mamá o papá sienten que ya no saben qué más decir, qué límite poner o cómo conseguir que su hijo los escuche y mejore su conducta.
En la escuela, los docentes también enfrentan situaciones para las que no siempre encuentran respuestas.
Y así, casi sin darnos cuenta, caemos en la “espera”, que el otro cambie, que el otro haga, que el otro me de…
La familia “espera” que intervenga la escuela.
La escuela “espera” que intervenga la familia.
Y el niño sigue esperando y necesitando “aprender”.
¡Se ha acabado el tiempo!
Quizás necesitemos dejar de preguntarnos solamente:
¿Quién tuvo la culpa?
Y empezar a preguntarnos:
¿Qué necesitamos aprender, cada uno de nosotros, de esto que me acaba de suceder?
Silvia Aguirre
Centro Sabama



