Emiliano tiene 8 años y todas las mañanas llora porque no quiere ir más al colegio.
Su mamá y su papá están realmente preocupados porque todos los días la historia se repite.
Pero la historia no empieza a las siete de la mañana.
Empieza la noche anterior.
El momento de apagar el celular para irse a dormir se convierte en una batalla.
- Emiliano se enoja.
- Llora.
Y repite una y otra vez:
- «No quiero ir al colegio.»
- «No me gusta.»
- «Me aburro.»
Su papá hace un enorme esfuerzo para pagar la matrícula y ofrecerle una buena educación.
Y entonces aparece una pregunta difícil:
¿Qué estoy haciendo mal?
Porque cuando somos madres o padres, esa suele ser una de las primeras preguntas que aparecen cuando algo no funciona.
- ¿Le estamos exigiendo demasiado?
- ¿Lo estamos acompañando poco?
- ¿Elegimos el colegio equivocado?
- ¿Nos estamos equivocando nosotros?
Y es justamente cuando las cosas se ponen difíciles cuando comienzan los cuestionamientos.
- Las discusiones.
- Los silencios.
- Los distanciamientos.
Y también aparecen dos viejos conocidos:
- El miedo.
- Y la culpa.
Escuché una vez que la culpa es como un paquete que nadie quiere dejar caer al suelo.
Por eso pasamos gran parte del tiempo buscando a quién entregárselo.
- Quizás la culpa es del colegio.
- Quizás es de la maestra.
- Quizás es del niño.
- Quizás es de mamá.
- Quizás es de papá.
Y cuando finalmente no encontramos la dirección correcta, terminamos quedándonos nosotros con el paquete.
Lo cargamos en silencio.
- Nos acompaña mientras trabajamos.
- Mientras cocinamos.
- Mientras intentamos dormir.
Y poco a poco comenzamos a creer que somos nosotros quienes estamos fallando.
Pero quizás existe otra posibilidad.
Quizás el problema no sea encontrar un culpable.
Quizás el problema sea creer que tiene que existir uno.
Porque cuando dejamos de buscar culpables aparece algo diferente:
- La posibilidad de comprender.
- Comprender qué le está pasando al niño.
- Comprender qué le está pasando a la familia.
- Comprender qué necesita ser escuchado.
En @centrosabama creemos que muchas veces el comportamiento del niño no es el problema.
Es el síntoma visible de algo que necesita atención.
- Una invitación a detenernos.
- A mirar.
- A escuchar.
No solamente al niño.
También a nosotros mismos.
Porque detrás de muchas frases como:
- «No quiero ir al colegio.»
- «Me aburro.»
- «No puedo.»
- «No quiero ir.»
hay emociones que todavía no encontraron palabras para expresarse.
Y quizás una de las preguntas más importantes que podemos hacernos no sea:
¿Quién tiene la culpa?
Sino:
¿Qué necesita esta situación enseñarnos?
Porque cuando dejamos de cargar el paquete de la culpa, aparece el espacio para algo mucho más útil:
la comprensión.
Y desde la comprensión, muchas veces comienza el verdadero cambio.
¿Y vos?
Cuando las cosas se ponen difíciles…
¿Qué hacés con la culpa?
¿La entregás?
¿La guardás?
¿O aprendiste a escuchar lo que intenta mostrarte?
Te leo.



